Las pequeñas cosas de un día casi normal

Desde que empezara la locura en marzo de 2020, ¿cuántas veces habéis sentido que teníais un día como los de antes?

En los míos, yo me levantaba temprano a eso de las 7am; desayunaba, recogía la casa y quizá salía a mi clase de Hula o al centro con una amiga para ir de tiendas, tomarnos un café y dar un paseo. Lo echo de menos, la verdad.

Este virus ha venido a trastocarlo todo y hemos tenido que adaptarnos a marchas forzadas como buenamente hemos podido.

Mi año 2021, lo que va de él, ha sido un poco caca. Demasiadas visitas a médicos para mi gusto. Y sin comerlo ni beberlo, no recuerdo haber tenido un día tranquilo o medio normal (dentro de lo que las medidas sanitarias permiten). Mis ganas de hacer cosas, incluso si es dentro de casa, se han diluído como las esperanzas de volver a la normalidad de 2019. Sigo añadiendo proyectos de costura y croché, pero no hay pizca de ganas, concentración ni fuerzas de hacer nada (ni de empezar ni de terminar lo que tengo empezado). Siempre con un ojo en la salud de los míos en España y la mía propia aquí.

Ayer, por primera vez en mucho tiempo, tuve esa sensación de nuevo: tener un día normal. Sin agobios, sin dolores, sin miedos.

Ayer aprovechamos una de mis salidas al galeno de turno, para dar un paseo por Zürich con Luy. Algo tan sencillo, pero que hacía porrón de tiempo que no disfrutaba.

Ir paseando despacio, sin destino determinado, a donde nos arrastraran los pies.

Decidir entrar en un super, para comprar unos bocadillos y unos refrescos y sentarnos a comerlos en la plaza de la Opera. Estaba gris y hacía frío, no lo niego, pero de vez en cuando el aire en la cara se agradece. Comer sin prisa, disfrutando de los niños que se aventuraban en los chorros de la plaza. Mirar al edificio del cine donde solíamos pasar los viernes o sábados, con ojos anhelantes. No entrar, eso sí…. ahora siento el cine como si fuera un deporte de riesgo, jajaja.

Regresar a la calle principal de tiendas dando un paseo, comprobando lo bonita que es Zürich a la luz gris de las nubes.

Entrar porque sí, en la Stadthaus y descubrirle a Luy la belleza de su patio.

O perdernos, por primera vez en casi 24 meses, en una librería; ver su nueva decoración, amar a primera vista su suelo hidraúlico casi recién puesto, oler esa delicia de libros nuevos y tinta impresa.

Soñar con otros días, otros planes….

Por primera vez, un día casi normal. Sin “y si….” sin “no lo sé….”. Un día “acá y ahora”. :)

Y vosotros, ¿habéis sentido un día casi normal desde entonces?

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