Siempre me digo que este año sí actualizaré un poco más el blog. O al menos lo retomaré. Y dejo pasar un día y otro día, y un mes y otro… y así, con suerte, apenas escribo un post al año o quizá dos.
Últimamente todo se me hace cuesta arriba. Demasiado como para ponerme a hacer algo de verdad. Miles de proyectos de costura/ganchillo a medio acabar, nuevos libros por leer (en versión papel y en electrónico), la casa por barrer o por limpiar (el polvo se acumula en ventanas y muebles, lo confieso).
Hay días que me levanto con un dolorcito nuevo que no me deja…. otros, no hay dolor, al menos no físico, pero el alma duele y pesa. Y la cabeza y sus pensamientos que no cesan. Esos no callan nunca.
A veces me da la impresión que la casa me habla y se queja. Cuando no es un lavavajillas que no cierra, es un atasque en el fregadero, es una goma de la junta del lavabo que gotea, o el mismo fregadero que pierde agua por debajo de los muebles en el suelo (eso esta misma tarde). Cualquier día de estos el de la agencia nos sube el alquiler o nos hace pagar los desperfectos. A mí me cuesta cada vez más esta casa, la verdad. Tampoco me ayuda haberme caído ya tres o cuatro veces por sus escaleras (una de ellas con una contusión que me dejó turulata y mareada una semana)
Pero es cierto que no es la casa en sí. Yo creo que proyecto en ella el miedo que tuve al tener que dejar mi querido piso anterior, donde fui tan feliz y estaba tan a gusto. Este otro piso es el lienzo donde pinto mis inseguridades, mis temores y mis propias goteras internas y externas.
En ocasiones quisiera volver atrás en el tiempo: al cuándo, no al dónde, como dice la canción «Entonces» de Rozalén. Quiero volver a aquel piso que encontramos casi de casualidad y nos dejó con la mosca detrás de la oreja pensando dónde estaba la trampa, porque no podía ser todo tan perfecto. Quiero volver a esas reuniones en casa con amigos, para almorzar, para un café, para cenar, para jugar, para charlar, para vivir. A llenar de risas las estancias, de sueños de coser algo bonito, de la ilusión de probar alguna nueva receta o de la satisfacción de regresar tras haber bailado Hula con mis compis de baile hawaiiano.

Eso parece muy atrás. No creo que vuelvan, porque ni yo soy la misma siquiera. Esta casa me lo recuerda. Me cuesta subir y bajar las escaleras, ver el polvo en los cristales se me hace un mundo y limpiar el horno me deja sin fuerzas. Ya apenas cocino casi nada nuevo y cuando lo hago ya no tengo ganas de apuntarlo en este blog. Tampoco es que nadie ya vaya a leer el blog.
Mi casa, este piso que tiene ya 8 años pero que sigo llamando «el piso nuevo», tiene menos luz y desprende menos alegría. No hay risas de amigos, no hay reuniones, no hay juegos de más de dos personas, no hay macetas ni flores en el balcón. Las macetas se achicharran al calor o mueren de poca luz, los amigos dan largas y excusas a los cafés/juegos aquí. Este es un sitio sólo para respirar y existir.

Quizá es que esta nueva etapa de mi vida la esté llevando mal, no lo dudo. Pero me veo atrapada aquí. Cada vez que me toca llamar al de la agencia se me hace muy cuesta arriba. Se me hace cuesta arriba todo, desde levantarme y hacer la cama, hasta vestirme (y comprobar que la ropa no me entra), fregar o salir a la compra. Si no fuera por las citas de control médico no saldría tanto, porque a pilates y entrenar voy por inercia. En realidad salgo a cualquier lado por inercia y casi por obligación.
Hoy, los que leáis esto (que no seréis muchos por no decir ninguno), como véis no es mi día…. No me hagáis caso. Siempre me gustó quejarme. Y si no lo logro hacer alrededor de un café con amigos, al menos por aquí aún lo hago.